Donde la cuerpa pueda ser un territorio propio
Todos mis sentimientos y pensamientos sobre lo que significa la cuerpa, mi cuerpa como territorio, comenzaron a formarse alrededor de los diecisiete años de una manera especial y potente. Fue a través del estudio del arte, de clases y conversaciones con maestras valiosas que se cruzaron en mi vida, quienes no solo compartieron sus ideas y trabajos artísticos conmigo, sino que también me acercaron a otras mujeres artistas que usaron su cuerpa como medio de expresión. Entre ellas, la cubana Ana Mendieta, una de las más influyentes. Sus obras detonaron en mí preguntas sobre lo que significaba ser mujer: ser mujer desde la cuerpa y ser mujer artista. Estas ideas se convirtieron en un reflejo —como un espejo— de mi propia construcción y comprensión de mi habitar como mujer. Comencé a observar y evidenciar distintas formas, escenarios y situaciones de mi entorno que demostraban las desigualdades de género. Mi rebeldía se acentuó, y empecé a expresar mi inconformidad con estas desigualdades, tanto en mi vida diaria como en el arte.
Aunque mis pensamientos sobre lo femenino —y los feminismos— comenzaron en mi juventud, fue hasta los treinta y tantos, a través de mi práctica como fotógrafa autoral, que decidí fotografiar toda mi cuerpa y descubrí, en ese proceso, mi propia no-agencia corporal. Me di cuenta de cuánto había interiorizado los discursos hegemónicos en forma de inseguridad, de manera sutil pero profunda.
Lo primero que hice fue dejar mi cuerpa tal como es biológicamente durante un año: mantuve todos mis vellos, arrugas, manchas, huellas, estrías, cicatrices, todas sus formas, y mi piel libre de maquillaje, para fotografiarla en cada rincón. Creía que las decisiones sobre mi cuerpa eran solo mías, pero al dejarla libre de cualquier modificación estética —excepto las uñas— comprendí que no me poseía como pensaba. Sentí en carne propia cómo los discursos hegemónicos que tanto rechazaba se habían filtrado lentamente en mi piel, atravesando todas sus capas hasta llegar a los huesos. Poseía una gran inseguridad personal. Me sudaban las axilas cuando dejaba ver mis piernas peludas en un evento social, sentía las miradas sobre mí, me sentía incómoda. Salía a la calle con playeras de tirantes, orgullosa de mis axilas peludas, pero me detenía cuando tenía que alzar los brazos en público.
A medida que lograba avances personales con el mantra constante de mantenerme de mi lado —del lado de mi cuerpa— llegaron los comentarios críticos de familiares cercanos sobre mi cuerpa y mis vellos. Y lo más doloroso: me di cuenta de que no me conocía. No conocía mi primer territorio, mi geografía.
Entendí que, por más abierta que creyera tener la mente y por más que hubiera construido discursos de autonomía corporal, no era realmente libre. Muchas veces me encontraba más del lado de lo que la gente pudiera pensar de mí que de mi propio lado. Reconocí mis espacios seguros y mi red de confianza, esos rincones donde podía ser y estar sin sentirme vulnerable. Agradecí esos espacios y esas conexiones.
Ahora, después de algunos años, me siento mucho más libre. He tomado mi agencia corporal y decido sobre mi cuerpa con mayor conciencia. Ya no me sudan las manos al exponer mis axilas peludas, las adoro. Reconozco las violencias estructurales, mi vulnerabilidad, y me cuido.
Decidir libremente sobre la cuerpa es un acto difícil y revolucionario. Lucho por mí, pero sobre todo por mis hijas, a quienes amo profundamente. La utopía que persigo es un mundo equitativo, de relaciones horizontales, donde la diversidad quepa sin violencia y donde el cuerpo sea, verdaderamente, un territorio propio.