Habitar el otoño
Estaba acostada con su vestido favorito: inmóvil, serena. Podía imaginar que dormía plácidamente si no supiera ya que estaba muerta, ese día en su funeral. Yo también tenía puesto mi vestido favorito.
De pronto, de sus orejas escurrieron flores silvestres que poco a poco fueron inundando la sala entera hasta convertirla en un campo. Por su boca flotaban las estrellas, colmando el aire como torrentes. Las constelaciones se transformaron en noche, y se perdieron en el vasto infinito. Las estrellas escupidas, iluminaron el cielo cósmico.
Su vestido comenzó a gritar todo lo que ella no pudo expresar. Era un sonido apagado, ahogado, que trepaba los árboles más altos, de donde las almas colgaban como en un tendedero de telas blancas, sueltas, ligeras y movedizas. El sonido iba y venía.
Los hilos de la vida brotaban de su nariz, con un orden rítmico que iba formando el tejido de la memoria y el tiempo. Mi abuela, que yacía tendida, era ahora una mezcla de todo, como si se fundiera entera con la tierra. Podía distinguirla por la protuberancia de su silueta.
Era el primer día de otoño y la tierra estaba lista para dormir y resguardar la vida bajo un manto de flores amarillas y naranjas.
Con su fertilidad, mi abuela, vivió un cuarto de su vida embarazada. Ella que no quiso tener hijxs, tuvo 16 partos y 11 hijxs vivos. Ella, que no quería, los tuvo. Ella, mi abuela.
A tres años de su partida, me pongo el vestido y me convierto en un campo de flores. Cierro los ojos y escucho el viento que resopla con un sonido melancólico que va de intenso a suave hasta desaparecer; y luego de haber desaparecido, regresa de suave a intenso:
Uuuuuuuuuhhhh, uuuuuuuuuuuuh, uuuuuuh, uuh, uh.
Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh.